martes, 30 de octubre de 2007

Arículo de Sebastián Álvaro (Al filo de lo imposible) sobre la odisea de Shackleton

Mientras Europa se desgarraba en una guerra de trincheras como nunca antes había conocido, 28 hombres vivían la mayor odisea polar de todos los tiempos. Una historia de supervivencia al límite de las capacidades humanas. La lideraba un hombre excepcional: Ernest Shackleton. Su origen hay que buscarlo en la victoria del noruego Amundsen y la tragedia de Scott y de sus hombres al regreso del polo sur. Shackleton estaba dispuesto a ir en ayuda de un país con el orgullo nacional herido, intentando llevar a cabo "la última gran travesía terrestre”, el continente antártico de punta a punta pasando por el polo sur. Una aventura superior a la propia conquista del polo.

Shackleton no era un recién llegado a la exploración polar: ya había participado en dos expediciones a la Antártida. Compró un ballenero de segunda mano al que rebautizó con el nombre de Endurance, resistencia, en homenaje al lema de su familia “Resistir es vencer”. Para reclutar la tripulación puso un original anuncio en la prensa: “Se buscan hombres para viaje azaroso. Paga pequeña, frío intenso, largos meses en completa oscuridad, peligro constante. Regreso no asegurado. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. De entre las más de 5.000 personas que contestaron el anuncio Shackleton seleccionó a 26. Un polizón y él mismo completaron la tripulación.

Después de recalar en las Georgias, el lugar habitado más cercano a la Antártida, el Endurance se dirigió al mar de Weddell, donde quedó aprisionado por la banquisa muy cerca del continente antártico. Durante nueve meses el Endurance hizo honor a su nombre resistiendo el empuje de los hielos. Se encontraban atrapados en el peor lugar del mundo a 15.000 kilómetros de casa, sin medios para comunicarse y sabiendo que nadie acudiría a rescatarles. Inglaterra se hallaba demasiado ocupada en la sangrienta contienda europea como para pensar en aquellos desdichados a los que se daba por desaparecidos. En vez de rendirse o caer en la desesperación, Shackleton se esforzó en mantener la moral de sus hombres, y al grupo unido. Organizaron partidos de fútbol sobre el hielo, representaron obras de teatro y leyeron fragmentos de la Enciclopedia Británica.

FRANK HURLEY, UN FOTÓGRAFO IMPAGABLE

Antes de que el Endurance se hundiese en el mar de Weddell, hecho astillas por la presión del hielo, Shackleton dio la orden de rescatar todo lo que pudiera serles de utilidad. Entre las cosas más valiosas estaban los negativos que el fotógrafo Frank Hurley rescató del agua cuando ya se estaba hundiendo el barco: uno de los testimonios gráficos más impresionantes de la historia de las exploraciones polares. Durante los siguientes seis meses, los 28 hombres vivieron sobre témpanos de hielo a la deriva, alimentándose de focas y pingüinos, viviendo situaciones de extraordinario peligro cuando los témpanos se partían o se volteaban.

Después de 497 días lograron llegar a Isla Elefante para pisar tierra firme, aunque su situación no había cambiado sustancialmente. Nuevamente, ante un momento crítico, Shackleton se vio obligado a tomar una drástica decisión: dividir el grupo y capitanear una desesperada tentativa para alcanzar las Georgias del Sur, a 1.500 kilómetros de distancia, atravesando uno de los océanos más tormentosos del mundo. Worsley, el capitán del Endurance, fue el encargado de dirigir la pequeña barca por un mar furioso, cuajado de témpanos, sin poder orientarse por las estrellas y sin tomar más que alguna medición con el sextante. La distancia a salvar era tan enorme que una equivocación de un solo grado en el rumbo y se hubiesen perdido en las heladas aguas del Atlántico sur. Entumecidos y empapados, aquellos seis desdichados alcanzaron la costa este de las Georgias del Sur. Empujados por la furia del mar fueron a embarrancar en una zona atestada de arrecifes pero justo al lado opuesto de las estaciones balleneras de donde habían partido dos años atrás. Llegar hasta allí había sido una hazaña increíble. Pero entre ellos y su salvación, aparecía otro obstáculo infranqueable: una sucesión de picos, glaciares y valles helados que nadie había atravesado jamás. No les quedaba más remedio que cruzar a pie el interior desconocido de la isla. Era la última gran aventura por realizar: la travesía de Georgias del Sur. Fue una marcha de casi 40 horas sin descansar. Cuando al fin alcanzaron la estación ballenera de Stromnes, no parecían seres humanos sino fantasmas de carne y hueso. Lo primero que preguntaron era si había terminado la guerra en Europa. “No”, les dijeron, y se enteraron de que habían muerto más de un millón de hombres en las trincheras.

Mientras los marineros de la estación ballenera recogían a los tres hombres que habían quedado en la costa, Shackleton organizó una expedición para intentar rescatar al grueso del grupo, que esperaba en Isla Elefante. Tras dos intentos infructuosos, Shackleton avistó al fin el islote en el que había dejado a sus hombres. Cuando comprobó que no faltaba ninguno, las lágrimas nublaron sus ojos: había conseguido rescatar a todos sus hombres sanos y salvos.

Pocas empresas en toda la historia de la humanidad pueden compararse por la hazaña vivida por Shackleton y sus hombres. Una aventura donde la solidaridad, el espíritu de equipo y el valor de la vida brillan por encima de todo. Aquella larga odisea polar no reportó ningún beneficio material, no batió ningún récord ni significó progreso científico alguno. En su tiempo, fue tallada de fracaso absoluto. Además algunas de aquellas vidas que Shackleton había cuidado con tanto esmero en el desamparo polar, se perdieron después de su retorno a Europa en el gran matadero de la guerra. En 1.922, Shackleton regresó a las Georgias del Sur junto con algunos antiguos compañeros. Entonces, como si la Antártida reclamara una antigua deuda, un ataque al corazón lo fulminó en el mismo lugar donde se dio inicio y fin a la más asombrosa gesta de las expediciones polares. Fue enterrado en el pequeño cementerio de Gritvyken, mientras un banjo desgranaba las alegres notas de la canción de cuna de Brahms, poniendo contrapunto a la tristeza que embargaba a los presentes. Una piedra de granito escocés señala aquella sencilla tumba. Sobre ella está labrada una estrella de los vientos y una frase del poeta romántico Robert Browning, muy querido por Shackleton, que bien puede ser el resumen de su vida: “Yo sostengo que un hombre debe luchar hasta el final por aquello que más desea en la vida”.

Artículo publicado en "El Dominical" de 21/10/2007 . Texto: Sebastián Álvaro, Fotos: Frank Hurley.

1 comentario:

Rafa dijo...

La pasión que transmite el texto por la aventura de aquellos excepcionales hombres hace que uno quiera saber más.Gracias